sábado, 22 de junio de 2013

Subcultura y mainstream. Una relación ambivalente.



 La dialéctica de las contraculturas suele desarrollarse como sigue: aparece un movimiento artístico, ya sea musical (que es lo que nos ocupa) o de cualquier otro tipo de expresión , minoritario y con una fuerte personalidad. La actitud está, por derecho, en la vanguardia y la ejecución técnica en segundo plano. Tampoco importa. Lo que ofrecen es frescura, referentes y un amor absoluto por lo que hacen, inmaculado, virgen, inocente aún gracias a la inexistencia de contaco alguno con, digamos, aunque no digamos del todo bien, la industria. Rabia adolescente y pensamiento utópico, las cosas pueden cambiar y nosotros somos los sujetos activos de ese cambio, etc. Hasta ahí todo es maravilloso. Es mas, con una gran dosis de suerte, puede que el negocio ponga su punto de mira en las posibilidades que ofrecen y llegue a encumbrarlos. Cuando esto ocurre, el éxito suele der directamente proporcional al fin del movimiento como tal. La salida del underground acarrea dinero y fama, fans enloquecidos de diversa (y sospechosa) procedencia, estampados en camisetas de Zara y calificativos para el estilo que ya no vienen de los protagonistas (los sujetos activos, ¿se acuerdan?), sino de señores con traje y corbata cuya intención es simplificar, recortar para no agobiar demasiado a un público que, en general, no pierde el tiempo en buscar la diferencia entre punk y power pop (tomemos como ejemplo) y, en definitiva, vender. ¿Es lícito?, por supuesto, no seré yo quien entre aquí y ahora a valorarlo. Pero lo que es evidente es que de aquella primigenia frescura, de aquella actitud adolescente de descubrimiento e imaginación, empieza a quedar cada vez menos, se convierte en moda, y las modas tienen fecha de caducidad. Al menos, sobrevivirán el tiempo suficiente hasta que la fórmula se agote y los coolhunters salgan a la caza y captura de la nueva subcultura a la que convertir en mainstream. ¿Triste, pesimista tal vez?, bueno, nadie dijo que esto fuera un camino de rosas.
Como tampoco es cuestión de que a uno lo identifiquen con el tipo al que solo le gusta aquello que nadie escucha, y reniega ipso facto de todo aquel que vende mas de 1000 copias, es preciso señalar unos puntos básicos.
1.      Existen casos que, por inspiración del Tao, gracia divina o vaya usted a saber, no perdieron un ápice de calidad tras pasar la exigente criba del éxito. Podría señalar ejemplos, pero prefiero que cada uno extraiga los suyos.
2.      Es imperioso erradicar la confusión conceptual existente entre el virage comercial impuesto (lo que va SIEMPRE en detrimento de una banda) y la evolución consciente. Todos los cambios no son siempre a peor y, aunque Metallica, en la cima de su éxito, editó un disco que le trajo el desaire (cuando no el insulto) de sus propios fans, en mi opinión el “Load” es un gran trabajo.
3.      Este punto es obligado. Las excepciones, aquí como en todo, existen.
4.      Muchas, muchísimas, de las canciones más bonitas de la historia (bonitas, me gusta como suena), han sido producidas por grandes compañías, lo cual significa que lo que están leyendo no es un alegato anti-multinacionales, dios me libre, aunque en algún caso pueda parecerlo.
5.      Existen movimientos y estilos que no han sido canibalizados, no porque hayan seguido aferrados a unos valores rechazando dinero y fama, sino porque han sido imposibles de edulcorar, de masificar. El street punk, el Oi!, el northern soul en su día o el black metal son, en esencia, minoritarios. Romantizarlos y llevarlos al Ipod de una quinceañera junto a…., en fin, ya saben, es tarea inutil.

Vayamos concluyendo. En el título se hace referencia explícita a una relación ambivalente. Obvio. Sin industria no habría movimiento musical, ni cambio, ni la excitación que produce descubrir una nueva banda. Sin subculturas no existiría materia prima que trascienda lo musical y otorgue vida, calle y actitud a las canciones, aunque no pocas veces ese maravilloso equipaje se pierda por el camino. Lo importante, en definitiva, es que nunca deje de haber chavales encerrados en garajes pensando que cambiarán el mundo con tres acordes, y que nunca nos falte un lugar al que pertenecer. Lo demás, amigos, qué mas da.





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