La dialéctica de las contraculturas
suele desarrollarse como sigue: aparece un movimiento artístico, ya sea musical
(que es lo que nos ocupa) o de cualquier otro tipo de expresión , minoritario y
con una fuerte personalidad. La actitud está, por derecho, en la vanguardia y
la ejecución técnica en segundo plano. Tampoco importa. Lo que ofrecen es
frescura, referentes y un amor absoluto por lo que hacen, inmaculado, virgen,
inocente aún gracias a la inexistencia de contaco alguno con, digamos, aunque
no digamos del todo bien, la industria. Rabia adolescente y pensamiento
utópico, las cosas pueden cambiar y nosotros somos los sujetos activos de ese
cambio, etc. Hasta ahí todo es maravilloso. Es mas, con una gran dosis de
suerte, puede que el negocio ponga su punto de mira en las posibilidades que
ofrecen y llegue a encumbrarlos. Cuando esto ocurre, el éxito suele der
directamente proporcional al fin del movimiento como tal. La salida del
underground acarrea dinero y fama, fans enloquecidos de diversa (y sospechosa)
procedencia, estampados en camisetas de Zara y calificativos para el estilo que
ya no vienen de los protagonistas (los sujetos activos, ¿se acuerdan?), sino de
señores con traje y corbata cuya intención es simplificar, recortar para no
agobiar demasiado a un público que, en general, no pierde el tiempo en buscar
la diferencia entre punk y power pop (tomemos como ejemplo) y, en definitiva,
vender. ¿Es lícito?, por supuesto, no seré yo quien entre aquí y ahora a
valorarlo. Pero lo que es evidente es que de aquella primigenia frescura, de
aquella actitud adolescente de descubrimiento e imaginación, empieza a quedar
cada vez menos, se convierte en moda, y las modas tienen fecha de caducidad. Al
menos, sobrevivirán el tiempo suficiente hasta que la fórmula se agote y los
coolhunters salgan a la caza y captura de la nueva subcultura a la que
convertir en mainstream. ¿Triste, pesimista tal vez?, bueno, nadie dijo que
esto fuera un camino de rosas.
Como tampoco es cuestión de que a uno
lo identifiquen con el tipo al que solo le gusta aquello que nadie escucha, y
reniega ipso facto de todo aquel que vende mas de 1000 copias, es preciso
señalar unos puntos básicos.
1. Existen casos que, por inspiración
del Tao, gracia divina o vaya usted a saber, no perdieron un ápice de calidad
tras pasar la exigente criba del éxito. Podría señalar ejemplos, pero prefiero
que cada uno extraiga los suyos.
2. Es imperioso erradicar la confusión
conceptual existente entre el virage comercial impuesto (lo que va SIEMPRE en
detrimento de una banda) y la evolución consciente. Todos los cambios no son
siempre a peor y, aunque Metallica, en la cima de su éxito, editó un disco que
le trajo el desaire (cuando no el insulto) de sus propios fans, en mi opinión
el “Load” es un gran trabajo.
3. Este punto es obligado. Las
excepciones, aquí como en todo, existen.
4. Muchas, muchísimas, de las canciones
más bonitas de la historia (bonitas, me gusta como suena), han sido producidas
por grandes compañías, lo cual significa que lo que están leyendo no es un
alegato anti-multinacionales, dios me libre, aunque en algún caso pueda
parecerlo.
5. Existen movimientos y estilos que no
han sido canibalizados, no porque hayan seguido aferrados a unos valores
rechazando dinero y fama, sino porque han sido imposibles de edulcorar, de
masificar. El street punk, el Oi!, el northern soul en su día o el black metal
son, en esencia, minoritarios. Romantizarlos y llevarlos al Ipod de una
quinceañera junto a…., en fin, ya saben, es tarea inutil.
Vayamos concluyendo. En el título se
hace referencia explícita a una relación ambivalente. Obvio. Sin industria no
habría movimiento musical, ni cambio, ni la excitación que produce descubrir
una nueva banda. Sin subculturas no existiría materia prima que trascienda lo
musical y otorgue vida, calle y actitud a las canciones, aunque no pocas veces
ese maravilloso equipaje se pierda por el camino. Lo importante, en definitiva,
es que nunca deje de haber chavales encerrados en garajes pensando que
cambiarán el mundo con tres acordes, y que nunca nos falte un lugar al que
pertenecer. Lo demás, amigos, qué mas da.
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