Los discos dobles, salvo gloriosas excepciones, suelen
resultar irritantes por autoindulgentes, extensos hasta el tedio y tan
barrocos, que uno difícilmente recuerda los títulos de los temas salvo, quizá,
aquellos que identifican los singles de turno. Poco más. La creación desbocada
y sin mesura es lo que tiene. Pues bien, no se lleven a engaño, el álbum que
nos ocupa es, precisamente, una de aquellas
gloriosas excepciones.
Nacho Vegas es una rara avis en la escena patria. El que fuera
vocalista de Manta Ray, compone con el cuidado con el que se sujeta a un niño
de teta, firme pero suave, y emprende un viaje de folk y rock intimista,
susurrante, repleto de historias de raconteur solitario que, guitarra en mano,
incide en las mentes y los corazones de los clientes de un bar a cambio de una
habitación. Como un Dylan asturiano al que te pegaría encontrarte en un tren de
la América profunda, Vegas habla de drogas, de alcohol, de mujeres, de amores y
desamores, de soledad. La bohemia de un músico que escribe de lo que ha vivido,
con un lirismo fascinante e irónico a partes iguales, y vive lo que ha escrito.
Como debe ser, ¿no creen?
El disco empieza con “Noches articas”, un tema suave, in
crescendo, en el que J, de Los Planetas, recita un verso-mantra (por lo hipnótico
y místico) que sirve de prólogo a lo que vendrá después. De ahí en adelante,
canciones. Con mayúsculas. Increíble “En el jardín de la duermevela, sublime el
acordeón de Diego Iturriaga en “La plaza de la Soledá” o “Maldición”. El rock
también tiene cabida, si no escuchen “Stanislavsky”, y “Gang-bang” nos
transporta, con un ritmo cercano a la chanson, a la Europa más bohemia y
putera.
Cajas de música difíciles de parar es un trabajo hecho para
escuchar en casa, solo o acompañado de la persona con la que te irías a una
isla desierta, con las luces muy tenues y con la convicción de que, por más
podrido que esté el mundo, hay un fin elevado por el que luchar. Quizá una
canción. Suficiente.
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