Aníbal Lecter,
paradigma del asesino elegante, inteligente y culto, se ha ganado un hueco de
honor en nuestros corazones y por ello rescatamos su figura para nuestro
particular altar de celebridades fílmicas.
Qué gran personaje, permitan que se lo diga. Con su mirada
irresistible, capaz de helar la sangre del más pintado, ya sea una aprendiz de
Quantico o el director de la penitenciaria en la que está recluido, su mono
azul de preso tan pulcro y bien planchado, sus dibujitos hechos con mimo y
perseverancia infinita. Todo un dandy con sombrero de ala ancha, conocedor no
sólo de los entresijos de la mente humana sino de los detalles más
insignificantes y delicados de la vida cotidiana. Una crema, un perfume, todo
lo bello tiene cabida en la mente del doctor. Y tanto es así, que dejando a un
lado el pequeño detalle relativo a sus hábitos culinarios, sería el suegro
perfecto, el tío admirado, el invitado ideal para amenizar una cena y dar
glamour académico en cualquier circunstancia.
Y es ahí donde quería llegar. ¿Qué lleva a semejante
individuo a comerse a la gente? ¿Por qué un alma, a priori cándida y elevada,
se transforma en atroz con un chasquido de dedos, pasando de la caricia al
mordisco mandibular con extracción de lengua? La respuesta es bien sencilla,
por un profundo y desquiciante sentimiento de horror ante la mediocridad. Sí,
amigos, ver día tras día a pacientes con problemas absurdos, presenciar la
pedantería y la soberbia de quienes, no llegándote a la suela del zapato, se
esfuerzan por adquirir una posición que no les corresponde, sentirse uno más cuando se sabe que la
distancia es sideral, recibir un empujón en el metro y esperar sentado una
disculpa ante la parsimonia general, ésa es la fuente. Sean sinceros, ¿no han
tenido nunca esa sensación?, ¿acaso no han sentido la necesidad de explotar
ante actos de la más pura falta de criterio?, ¿no hay nadie a quien mandarían
gustosos a su consulta con la sonrisa de la victoria entre dientes?
Cuando se come a alguien no se alimenta sin más. Le arrebata
su autoindulgencia e inmovilimismo, su infección como ser humano, ganada a
pulso, su vulgaridad y se nutre de ellas en un vano intento de comprender por
qué la náusea es tan brutal. De hecho, si algo no comprenderé jamás, es por qué
diablos no cocinó a la ñoña de Clarice Starling con los malditos corderos.
Quizá fuese el amor, que por vez primera en muchos años llamó a su puerta con
buenas palabras e inocencia. Y es que en el fondo, siempre fue un sentimental.
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