martes, 29 de mayo de 2012

Revolución y LSD. A propósito de Grant Morrison.




  A lo largo de la historia ha habido multitud de pensadores, creadores e individuos de todo tipo, color y condición, capaces de intuir que la realidad era algo más compleja e indescifrable de lo que en apariencia podemos sospechar. Sociedades secretas, misteriosas instalaciones gubernamentales y experimentos encubiertos han poblado el cine, la literatura y el imaginario colectivo. La conspiranoia ya no es sólo el tapiz del frikismo más extremo y, quien más quien menos, alberga en su recámara la idea (confesable o no) de que los dirigentes, en su afán inquebrantable por mantener el orden mundial, utilizan todo tipo de artimañas para controlarnos desde una atalaya de poder erigida sobre las leyes que nos obligan a cumplir.
Cabe también la posibilidad de que ustedes, a diferencia de los individuos a los que aludíamos, no hayan sentido nunca esa inquietud. Tanto si es así como si no, tengan presente el escenario que acabamos de mostrar, fíjenlo en sus mentes. Bien, ahora incluyan en él extraterrestres invasores ultra dimensionales, rituales mágicos masturbatorios, chamanes con pinta de skin head y el lsd como medio para ver lo que se esconde tras la apariencia. ¿Lo tienen? Demencial, ¿verdad? Pues, damas y caballeros, permitan que les dé la bienvenida al universo de Grant Morrison.

Nacido en Glasgow en 1960, este escocés de calvicie voluntaria y acento ininteligible supo, desde muy pequeñito, que algo no iba bien en el mundo. Sus padres, activistas antinucleares, sentaron las bases, sin saberlo, de muchas de las premisas sobre las que se sostienen las historias que han hecho del bueno de Grant, uno de los más importantes guionistas de comics de los últimos veinte años. Pero eso llegaría más tarde. Como él mismo reconoce en el genial documental “Talking with gods” (2010), fue un niño bastante retraído que, después del colegio, acudía con su familia a manifestaciones y sentadas reivindicativas. En la adolescencia se convirtió en mod y fundó una banda con la que, pensaba el pobre, superaría su hasta entonces absoluta falta de contacto con el género femenino. Durante esa etapa ya escribía y dibujaba sus propias historietas, que de hecho pudo vender a la ya extinta revista Warrior, adalid del comic underground británico en aquel tiempo, y empezó a desarrollarse su interés por la magia, que no dudaba en practicar haciendo regulares tiradas de tarot a propios y extraños con resultados sorprendentes, a pesar de haber reconocido, con el tiempo, que se lo inventaba absolutamente todo.
No obstante, fueron dos hechos los que supusieron el punto de inflexión en su vida. Uno, el fichaje por DC comics, en una década en la que las grandes editoriales norteamericanas empezaron a mirar hacia las islas británicas en su búsqueda de talentos (fruto de ello sería el descubrimiento, entre otros, de Allan Moore o Neil Gaiman), donde se especializó en el relanzamiento de personajes clásicos olvidados, como “Animal Man” o “Doom Patrol”. El otro gran momento se produjo tras la realización del magnífico “Arkham Asylum” (1989), publicado coincidiendo con el estreno del primer Batman de Tim Burton, y que supuso un auténtico boom en ventas.

La suma que consiguió le sirvió fundamentalmente para tres cosas, ver tanto dinero junto por primera vez, saber que su carrera como guionista estaba en marcha y hacer un viaje soñado alrededor del mundo que le sirviera, al emprenderlo en soledad, como viaje iniciático y de descubrimiento, transición que todo mago debe abordar.
El caso es que el resultado superó las expectativas. Quienes le conocían en aquella época aseguran que el cambio resultó extraordinario. Se rapó la cabeza y experimentó cada cosa que llamaba su atención, desde todos los tipos de alcohol que pudo encontrar (cada día se tomaba una pinta de algo distinto para observar los efectos), teniendo en cuenta lo que ello implica para alguien, hasta entonces, abstemio, el paso por las drogas enteogénicas buscando estados alterados de conciencia, hasta salir a un club vestido de mujer teniendo como único objetivo descubrir su lado femenino.
Todo ello cristalizó en la que para muchos, y servidor se incluye entre ellos, es a día de hoy su obra magna: Los Invisibles.


Entre 1994 y el 2000, a lo largo de 59 números repartidos en tres volúmenes, el mundo cambió. Y lo hizo gracias a una vorágine de obsesiones, alter egos, referencias y grandes ideas que el señor Morrison vomitó en forma de comic book. La premisa es la siguiente: Unos alienígenas tecnócratas, conocedores de los secretos cuánticos del universo, intentan esclavizar al ser humano, sin éste saberlo, en un complot donde intervienen ciertas esferas gubernamentales. Un grupo, Los Invisibles, compuesto por magos anarquistas (entre otras muchas cosas) y dividido en células repartidas por el mundo, intenta placar la invasión y despertar al ser humano de su cautiverio. La célula dirigida por King Mob, alter ego en lo físico y en lo psíquico de Grant Morrison, es la protagonista de la historia al descubrir, en un conflictivo y malhablado chaval de los bajos fondos de Liverpool, al elegido, una especie de pequeño buda que encierra el poder definitivo para acabar con la tiranía mental a la que estamos sometidos. Por cierto, todo esto les suena, ¿verdad? Tanto les debe sonar como a su autor, que no dudó en denunciar a los hermanos Wachowsky por haber plagiado descaradamente su obra en la realización de Matrix, donde se llegan a reproducir viñetas exactas en secuencias como la del espejo, entre otras. ¿Resultado? El esperado. Reconocieron que había sido una gran influencia, que eran admiradores del comic, bla, bla, bla. Así que si quieren una similitud para entender de qué va Los Invisibles, piensen en la historia de Neo con muchísima más gracia, más profundidad e infinita mala leche.
Tal fue la implicación, tanto física como emocional en el proyecto que, al escribir cómo King Mob, al final del primer volumen, enferma de cáncer, Morrison comenzó a tener una extraña dolencia que le llevó al borde de la muerte, superándola sólo al salvar la vida de su personaje. O eso cuentan. Lo importante es que, en definitiva, de eso trata toda la obra, de cómo las ideas, nuestra conciencia, es capaz de alterar la realidad, y de cómo sólo nosotros somos dueños de nuestro destino, por más que el mundo y los terrores que lo habitan tengan como objetivo impedirlo. Tan solo hay que creer. Esa es la vía.


Morrison utiliza la magia del caos para canalizar la transición de la idea al hecho, pero insta a cualquiera a buscar el camino que le ayude a conseguirlo.
Ya que se ha mencionado la magia del caos, un breve apunte: unos de los métodos que ésta emplea para conseguir un objetivo, es el conocido como sigilo. Les cuento, se escribe en un papel un deseo, se tachan todas las vocales y las consonantes repetidas. Con las restantes se hace un símbolo, como ustedes quieran. Para activarlo hay que tener una experiencia extrema como el miedo (tirarse en puenting, por ejemplo), aunque la más usada y placentera es la sexual, de tal modo que en el momento álgido sensorial se tenga presente en la mente el símbolo. Una vez activado, se olvida tan rápido como se pueda y a esperar los resultados. Pues bien, en una de las editoriales de los primeros números, el bueno de Morrison pidió expresamente a todos los lectores que, presten atención, se masturbaran pensando en el éxito de la serie para conseguir, a través de esa gran explosión conjunta de energía espiritual, que fuera una realidad.

A día de hoy, Los Invisibles se ha convertido en una referencia del comic moderno y en un portento de escritura galardonado con incontables reconocimientos. Su autor, una estrella absoluta a quien todas las editoriales quieren en su plantilla, que vive en un castillo de Escocia con su mujer (igualita a él en todo salvo en que está de mejor ver), que sigue siendo igual de apasionado, humilde y loco que hace 20 años, y que mantiene intacta su idea: para cambiar el mundo y a nosotros mismos, sólo es necesario creerlo con fuerza. Háganme el favor, créanle.

lunes, 28 de mayo de 2012

Micah P. Hinson, bendito seas.

  Con el bueno de Micah P. Hinson me ocurrió algo parecido a lo que, en su día, me supuso el descubrimiento de Nacho Vegas. Un revés en toda la cara con la mano abierta, un toque de atención de esos que no se olvidan. Hay esperanza, parecía decir. Y vaya si la había. Porque permitan que se lo diga, este tipo es muy bueno. Lo es desde la sencillez, desde una simplicidad emotiva que, precisamente por ello, va como una flecha hasta el mismo centro de nuestro cerebro, donde el oido y las emociones se mezclan en una red de neuronas que van y vienen, como los protagosnistas de sus canciones. Su música transpira carretera, motel de la ruta 66, gasolinera con Mustang descapotable y parada de autobús desde donde nosotros, inmersos en cuatro acordes, observamos el Mustang maldiciendo nuestra mala suerte. Mala vida, malas calles, mala gente, pero también esperanza. Esa de la que es imposible escapar, la que se esconde, velada, detrás de una canción, de una guitarra vieja, de aquellos que estuvieron peor y se levantaron una y mil veces, del "de todo se sale" y del "no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita".


Mr. Hinson nació en el 81 en Tennesee, y eso se nota. Un profundo Folk de raíces se funde con retazos pop y rock desde la perspectiva, nunca olvidada, de la honestidad por cuna obligada. Un mundo intimísimo, que según el mismo reconoce, bebe de bandas como Calexico y cuyas similitudes son más que palpables. Similitudes, digo, no copia. Estamos tan acostumbrados al mimetismo entre bandas que encontrar influencias sin pérdida de identidad es como comerse un chicle de menta extrafuerte. De repente, durante un segundo, respiras limpio, fresco. Y en ese momento te das cuenta de que aun quedan momentos libres de contaminación.

El muchacho arrastra una interminable ristra de leyendas urbanas tras de sí, la mayor parte de las cuales, probablemente, sean ciertas, que han ayudado a encumbrarle. Ya saben, chico malo vende más. Pero no sean duros, no es el caso. Aquí no hay impostura ni artificio. Siendo muy jovencito tuvo una relación con una viuda famosa por las tierras que lo vieron nacer, y la cosa acabó como el rosario de la aurora; adicciones varias, deudas y demás miserias llevaron sus huesos a internamiento y, la viuda, si te he visto no me acuerdo. El hogar paterno también le fue clausurado y el chico de gafas de pasta y mirada perdida, tímido y enclenque, se vio obligado a deambular de aquí para allá, guitarra en mano, de casa en casa, siempre de prestado, y de trabajo en trabajo. Ahí tienen la materia prima, lo ven? No escribe desde lejos, sino con cicatrices. Y eso, ahora y siempre, hay que valorarlo. Un (bendito) golpe de suerte, unas canciones grabadas y un productor que las escucha. Está claro que de todo se sale. Lo demás, ya saben. Pedida de mano en el escenario a una novia cuya foto lleva en la guitarra (no me digan que no es un encanto), una novela, "No voy a salir de aquí", reflejo literario de su microuniverso y que, dicho sea de paso, ha sido publicada primero en España, y la constatación de que las cosas buenas, aquellas que además se hacen con mimo y dedicación, si hay justicia, acaban saliendo a flote.


lunes, 30 de abril de 2012

En el principio era el Verbo...

...Y el Verbo era con dios, y el Verbo era Yo.

Saludos, amigos. No he encontrado mejor forma de empezar este blog que utilizando la frase con la que Juan echa a andar su evangelio. Y no se me asusten, que aquí teología van a encontrar poca, pero no me negarán que la oración tiene su aquel. Si, ya sé que he incluido un par de cambios, y esa es precisamente la clave del asunto. De una parte, el hecho de que el término "dios" esté en minúscula no lo voy ni a explicar porque resulta obvio. Cada cual es muy libre de ver los sustantivos absolutos donde quiera, y yo sé dónde están los míos. De otra, lo que acaso pueda resultar mas sorprendente es la inclusión final del pronombre "Yo". ¿Me estoy comparando con el altísimo?, ¿intento verme como un ser superior?, ¿tan pagado de mí mismo estoy que, sin el menor reparo, me atribuyo el don de la omnipotencia?...Nada de eso. Aunque no me cabe duda de que a más de uno le encantaría que así fuera, dejen que les explique y verán que el objetivo es ciertamente modesto.

La palabra "Verbo", en este caso, está directamente traducida del término "logos", cuyo significado es, entre otros, el de "razón" o "relato". Y es precisamente ahí donde quiero ir a parar (perdonen ustedes los rodeos gramaticales). Como verán, no digo que el verbo, la palabra, el relato o (los dioses me libren) la razón estén conmigo, primero porque el pudor no me lo permite y segundo porque no sería cierto. Lo que digo es que el relato, soy yo. Y esto es así porque lo que ustedes van a leer de ahora en adelante es el relato de las cosas que me han traído hasta aquí, de aquello con lo que me identifico en proporción tanto directa como inversa y de cosas tan importantes como libros, discos y películas, así como de las personas que las hicieron. No se escatimará, se lo aseguro, vehemencia encarnizada contra las fobias y loas incondicionales hacia las filias, pues nunca he creído en la crítica aséptica y falazmente objetiva. Por tanto, lejos de situarme en la atalaya del que sabe para epatar en bares y reuniones familiares con berborrea de gafas de pasta sin graduar,  me haré un huequecito entre aquellos cuyo único objetivo es disfrutar de las cosas hermosas que, al menos de momento ("1984" ó "Faenheit 451" no están tan lejos) nos quedan, y compartirlas. Lo que hay es lo que ven.

Pasen y lean, no sean tímidos.